Vida y Obra de Francisco Romero
Francisco Romero nació en Sevilla en 1891. A muy temprana edad se trasladó con su familia a la Argentina , paÃs en el cual ha vivido permanentemente. En las postrimerÃas del bachillerato, el notable quÃmico don Carlos Stura (que aun vive), recién incorporado entonces como profesor al Colegio Militar, le persuadió a seguir la carrera de las armas. Esta nueva vida no fue impedimento en él para continuar satisfaciendo su infatigable afán de saber. Tras dos años de estudios en el referido Colegio Militar (de 1910 a 1912), al cabo de los cuales obtuvo el grado de Subteniente de Ingenieros, dedicó otros cinco (de 1912 a 1917) a estudios superiores técnicos. A partir de entonces, cada vez con mayor intensidad, se dedicó al estudio de la filosofÃa y en 1928 fue designado Profesor Suplente en la Universidad de Buenos Aires y al año siguiente en la de La Plata. Dos años más tarde, al sustituir como Profesor Titular en la Universidad de Buenos Aires a su maestro y amigo Alejandro Korn, Romero se retiró del ejército. Luego, en 1932, fue designado Profesor Titular en el Instituto del Profesorado en Buenos Aires y en 1936 en la Universidad de La Plata. Cargos que desempeñó con la brillantez y el decoro que le han dado fama continental hasta el año de 1946 en que renunció, a causa de muy fundadas discrepancias, con el actual régimen de gobierno.
Uno de los sucesos más destacados de la vida de Francisco Romero es sin duda su amistad con Alejandro Korn . Como se sabe, Korn representa en la Argentina el inicio de la superación del positivismo en su fase postrera, que es también la de su máximo descrédito. Romero conoció a Korn allá por el 1920 y rápidamente pudo apreciar su gran sabidurÃa y, sobre todo, la «razón histórica» que justificaba su obra renovadora de la filosofÃa en la Argentina. Pues no obstante haber frecuentado otros caminos de la cultura, Romero atestigua con el caudal de su obra mayor su innegable condición de filósofo, llamado por esto mismo a ser el continuador de su maestro y amigo. Por su parte, Korn habÃa leÃdo las más tempranas contribuciones filosóficas de su discÃpulo y advertido su excepcional capacidad para proseguir la empresa de la cual habÃa sido iniciador. Persuasivamente en un comienzo y luego con esa imposición que es propia y debida en el verdadero maestro, Korn logró decidir a Romero a dedicarse definitivamente a la filosofÃa, o más estrictamente en este caso, a la docencia oficial, puesto que de un modo o de otro Romero estaba llamado a ser a la vez profesor y maestro de filosofÃa, tal como lo atestigua en el presente la obra que lo respalda. La amistad con Alejandro Korn continuarÃa, entretanto, cada vez con mayor firmeza e identificación, hasta la muerte de aquél ocurrida en 1936. Y a instancias del propio Korn, acabó Romero aceptando ser su sustituto en la docencia universitaria.
La calidad y los resultados de la obra de Romero se pueden apreciar a través de un grupo de jóvenes pensadores que en la actualidad han alcanzado notorio destaque en América, como sucede con Risieri Frondizi, AnÃbal Sánchez Reulet, Eugenio Pucciarelli , Juan Adolfo Vázquez y algunos otros cuya nómina es imposible consignar ahora completamente.
Francisco Romero y la idea de trascendencia
En la ontologÃa de Francisco Romero, la noción de trascendencia es una idea clave. Tal es la importancia que para él representa dicha noción, que llega a afirmar: «ser es trascender». Esto indica que ha tomado posición propia frente al inmanentismo –ser es ser pensado o ser percibido– que ha constituido durante los tiempos modernos la razón del idealismo. Al postular a la trascendencia como parte esencial de la estructura de la realidad, considera a ésta realizándose ontológicamente en una escala, en función del ánimo trascendente: sustancia inerte, vida, psique y espÃritu. Para atajar el posible monismo a que pudiera conducir el impulso homogéneo, nos dice en su Programa de una filosofÃa, de 1940, «La trascendencia es como un Ãmpetu que se difunde en todo sentido, que acaso se realiza en largos trayectos de manera seguida y continua, pero sin que esta continuidad constituya para ella la ley». Luego el monismo ontológico de Romero es, por el contrario, pluralismo y diversidad, como él mismo afirma.
La filosofÃa de Francisco Romero viene a engrosar el frente que el pensamiento contemporáneo ha levantado contra el racionalismo idealista predominante en la etapa moderna. La indagación del ilustre mentor americano ha permitido poner de manifiesto hasta qué punto es de carácter inmanentista dicho racionalismo, ya que, al concentrarse en el ámbito de la razón, necesariamente tiene que tomar esa actitud.
Al dilatar al ser más allá de la razón y de la conciencia, la trascendencia se nos presenta corno esencialmente irracional. Desde el siglo pasado, se viene postulando distintos trascendentes por las diferentes filosofÃas irracionalistas –la vida, la existencia–. Romero, que con finos análisis distingue los diversos grados del trascender, elabora su teorÃa de la persona, y nos presenta los valores como el trascendente absoluto y legÃtimo de ella.
El hombre es para Romero una pirámide en la que el espÃritu, que señorea el conjunto, es el más reciente de sus factores «que a ratos muestra la debilidad conmovedora de un recién nacido» ( FilosofÃa de la Persona ). Sin embargo, aunque cada
una de esas formas –espÃritu, psique, vida, sustancia inerte– se asienta en la otra, resultan irreductibles entre sÃ.
Con la aparición del espÃritu –nos dice– la dirección de la serie vital sufre un cambio: la objetividad sustituye a la subjetividad, la universalidad a la particularidad, el valor al interés, y en virtud de todo ello, el medio se ve suplantado por el mundo. Dos unidades se integran en esta heterogeneidad que somos los hombres: el individuo, constituido por la entidad vital psico-fÃsica; y la persona, verdadera superunidad, que es la entidad espiritual.
La relación de ambas unidades es obvia: «la persona es el individuo espiritual», «...es actualidad pura», «su función natural respecto al individuo psicofÃsico es la de comando» . La dramaticidad de la vida humana consiste en la lucha entre ambas unidades dentro del propio ser, y en nuestros dÃas, la filosofÃa vitalista no es más que rebelión de la vida contra el espÃritu. Para Romero, la persona es «auto-posesión», «auto-dominio», manifestados en el deber de conciencia y en el deber de conducta. De aquà proviene su autenticidad y responsabilidad, pues «el núcleo personal es la suprema potenciación de nuestro ser espiritual». Por todo ello, la trascendencia alcanza en la persona su más pura y completa realización . Es por su medio que el hombre, superando la subjetividad empÃrica –su esfera vital– «se adscribe a un orden sobreindividual, a un orden que lo trasciende y al que voluntariamente se supedita».
Lo significativo de este trascender inicial de la persona es que opera una inversión del orden natural, un cambio de signo en su decursar. Para que pueda darse, Romero estima que es preciso que el centro personal sea de Ãndole volitiva, cosa que explica el «programatismo» y «futurismo» del hacer humano, señalado por otros filósofos. Y es entonces que el trascender, operando en la esfera del espÃritu del hombre, toma una nueva modalidad: la proyección del presente sobre el porvenir. Vemos, pues, cómo en la ontologÃa de Romero «la actitud espiritual se resuelve en un haz de actos espirituales» que son realizados por la voluntad y según los valores, para los cuales tiene el espÃritu ojos exclusivos.
Dado que la persona está dotada de una irrefrenable tendencia a trascender, y siendo esta tendencia su esencia misma, los valores –lo trascendente espiritual en la ontologÃa de Romero– cobran una importancia decisiva . No sólo como los absolutos a que se dirige el trascender, sino como los factores indispensables para su realización: sin ellos la persona no existirÃa; y alcanzándolos imperfectamente no logra su plenitud. Aplicando su concepción acerca de la novel existencia del espÃritu, nos dice a este respecto: «Los valores en sà carecen de historia, pero podrÃa trazarse la historia del descubrimiento de los valores, y esta historia se identificarÃa con la del espÃritu».
Esta condición del espÃritu en relación a los valores, nos permite destacar más las diferencias entre individuo y persona: «El individuo atrae a sà todos los objetos que entran en su zona de influencia», «la persona funciona como un haz de movimientos trascendentes; es pura trascendencia. Su ser es trascender». «En tanto en los individuos como unidades la tendencia es egocéntrica, inmanentista; como integrantes del torrente vital participan de la Ãndole trascendente a que dicho torrente corresponde» ( Persona y Trascendencia ).
El Ãmpetu trascendente encuentra, en la ontologÃa de Romero, su más perfecta realización en el ámbito de la persona, puesto que «... en la escala de los modos del ser, a mayor altura corresponde mayor capacidad de trascendencia». Por eso nos dice: «La definitiva trascendencia que es connatural con el espÃritu, explica bien ese derramarse por el todo de la instancia espiritual, ese atender a todo y vivir en intención de todo, sin renunciar a su carácter personal». ( Jano Bifronte. )
Desconocemos las últimas elaboraciones que acerca de esa idea central de su ontologÃa haya podido realizar el filósofo argentino, a quien queremos rendirle con este modesto trabajo el más sentido homenaje de admiración y simpatÃa. Consideramos que tanto la trascendencia como sus términos necesarios, el que trasciende y lo trascendente, forman la trinidad estructural de la realidad que Romero trata de comprender con su teorÃa de la trascendencia. En la última y más perfecta manifestación de ese Ãmpetu, nos presenta la persona y los valores. Estos son las instancias perfectas y absolutas que aquélla busca para realizarse; mas esas cualidades perfectas no pueden sino corresponder a un ser perfecto, ¿será una inconsecuencia de nuestra parte decir que de todos los anteriores supuestos se deriva la necesaria busca de Dios por el hombre?
Fuente : Revista Cubana de FilosofÃa . La Habana , julio-diciembre de 1951 Editado por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación La Habana , Cuba. Director: Rafael GarcÃa Bárcena
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